VOCES DE LA OTREDAD
Somos una sociedad que vive en permanente cambio pero aun siendo así todavía tomamos posiciones y actitudes que nos llevan a pensar que aun vivimos bajo esos estigmas en donde el hombre vale más que la mujer, es decir existe una distinción del hombre como el sujeto y el absoluto y la mujer como el otro prácticamente nada.
Según muchas leyes que aparecen en estos momentos ambos tenemos igualdad de condiciones pero sabemos que eso es solo un formalismo porque son pocos casos en donde vemos a la mujer gobernando, o sentada en la presidencia de una compañía, es más usual ver a un hombre dirigiendo cualquiera de los dos casos que a una mujer, aunque actualmente las mujeres luchan incansablemente para demostrar que tienen las mismas capacidades para ejercer cualquier tipo de trabajo.
El problema de la otredad se origina al momento de considerar a los demás hombres, a sus culturas esto puede ser algo problemático pues el otro puede ser entendido como algo diferente a mí, inferior a mí, superior a mí, o igual a mí. Cada persona tiene su propia historia, sus problemas, gustos y preferencias ya sean musicales estéticas etc. Pero yo soy igual a esa persona en un sentido análogo porque existen varias cosas en las que podemos compartir nuestras ideas. El otro es igual a mí en un sentido analógico, es decir, en algo somos iguales y en algo somos diferentes.
Otredad’ y ‘estigma’: dos categorías para la lectura
A los efectos del análisis recurrimos a dos categorías ‘otredad’ y ‘estigma’.
Insistimos, ambas se interrelacionan estrechamente.
Otredad
Este trabajo está planteado en torno a dos nociones que lo atraviesan
transversalmente: la ‘otredad / alteridad’ y ‘estigma’. Ambas operan interrelacionada mente y se imbrican mutuamente.
En un estudio antropológico realizado por Bestard y Contreras en el que éstos analizaban la actitud que a través de la historia el ‘civilizado’ ha asumido ante el ‘bárbaro’. Muchas veces esta categorización transforma al otro en “prescindible”, no necesario o mejor dicho necesariamente “eliminable”. Esta identidad denegatoria se les asignó por ejemplo, a los Armenios en el genocidio emprendido entre 1915 y 1923; a los judíos, gitanos y homosexuales en la Alemania nazi; a los grecochipriotas en manos de los Turcos en 1976; y a todos los disidentes del régimen continental / norteamericano en las dictaduras en toda Latinoamérica, en las décadas de los setenta y ochenta y, actualmente parece regir el nuevo desorden mundial que intenta imponer Estados Unidos de Norteamérica.
Marc Guillaume añade un nuevo nivel de análisis al sostener que la otredad
es, una construcción de la modernidad. “Con la modernidad entramos en la era
de la producción del Otro. No se trata ya de matarlo, devorarlo o seducirlo, ni de enfrentarlo o rivalizar con él, tampoco de amarlo u odiarlo; ahora, primero se trata de producirlo. El otro ha dejado de ser un objeto de pasión para convertirse en un objeto de producción”.
La otredad, en tanto exterioridad y extranjería, puede ser configurada de diversas maneras.
José Luis Jofré
Universidad Nacional de San Luis
e-mail: jljofre@unsl.edu.ar

Alejandra Josiowicz, universidad de Buenos Aires
![]()
La otredad es la revelación de la pérdida de la unidad del ser del hombre, de la escisión primordial. Adán se descubre desnudo; habiendo perdido su inocencia, se ve a sí mismo y apenas se reconoce.
La otredad es para el hombre moderno un mal que se soporta con dolor: la conciencia moderna no acepta que su individualidad sea una realidad plural y que detrás del hombre que piensa se esconda otro que mantiene una vida "ilógica", que sostiene a menudo lo que la razón reprueba.
¿Otredad como autodefensa o como sometimiento?
Lo que se trata de expresar aquí es válido para los territorios formales llamados habitualmente Tercer Mundo, pero puede ser claramente visto en la propia vida cultural del Primer Mundo, desde que hoy día, como en siglos pasados, los conceptos de Primer y Tercer Mundo están más relacionados con el poder - y por ende a clase dominante y clase sometida - que con áreas geográficas o fronteras nacionales falsas.
No digo nada nuevo al afirmar que los comportamientos musicales, los gestos musicales, las especies musicales, es decir, los modelos musicales, actúan en tanto mecanismo imperialista dentro del cual la imposición de esquemas culturales constituye un punto central para el sometimiento de las áreas coloniales y también para la homogeneización de esas áreas en procura de un mercado más consistente en pro de la estructura de poder capitalista.
Los países del Primer Mundo reciben con cierta sonrisa y hasta quizás con gratitud a los mejores intérpretes del Tercer Mundo de su música culta del Primer Mundo, intérpretes fabricados con costos más baratos - como los científicos, como otros trabajadores útiles - por y en los países coloniales. Gerald Moore, Claudio Arrau, Bruno Gelber, Daniel Barenboim, Marta Argerich, Zubin Mehta, Kiri Te Kanawa, son sólo unos pocos ejemplos. Todo les está permitido en la estructura cultural del Primer Mundo, excepto el usar sus puestos para introducir contra modelos musicales extra europeos
La mis medad de modelos y comportamientos culturales impuesta por el poder en las áreas coloniales no tiene vuelta atrás. Buena o mala, amada u odiada, se trata de una manzana mordida. La población de esas áreas está ya contaminada. No hay remedio para esta infección salvo el ir adelante en la historia. El establecer nuevos pasos podrá, quizás, corregir la aculturación que se ha provocado y trabajar para que la mezcla futura sea mejor para los pueblos sometidos. Y para la construcción seria de estrategias en el camino hacia ese fin, es fundamental un conocimiento verdadero de cuáles partes de la torta son impuestas por la colonización y cuáles permanecen como testigos resistentes de la cultura que fuera atacada.
Pero la otredad puede también volverse una fuente de posibilidades de sometimiento de las áreas coloniales. Una otredad habitualmente robada de las culturas sometidas. En realidad, esa vía de la otredad ha constituido un camino de permanente renovación de modelos metropolitanos (desde la zarabanda hasta la polca, desde Debussy a través de Picasso hasta Stockhausen y Cage) (o Abba, o Mano Negra). Al mismo tiempo, ha constituido una forma de escape controlado de la propia población metropolitana, una otredad en tanto transgresión controlada (el tango, el jazz, el rock, en la Europa del siglo XX), mientras otra otredad - aún subestimada - ha sido utilizada como maquillaje para fines propagandísticos (el principio de los Lecuona Cuban Boys impuesto a través de la BBC en África durante la Segunda Guerra Mundial), e incluso una renovada otredad ha sido usada en los modelos metropolitanos como apropiación cuidadosamente esterilizada de elementos transgresores de las culturas sometidas (la Word Music en este cambio de milenio).



Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados